De la « sociedad del riesgo » a la « sociedad de la resiliencia »
- 1 avr. 2017
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Tengo la impresión que en el Perú vivimos con el riesgo susurrándonos al oído, asustándonos un poco, meciéndonos otro tanto. Quién no ha “gozado” un sismo, quién no ha participado en un simulacro en el colegio, en el trabajo, de día, de noche, quién no conoce las zonas seguras en casa, quién no ha escuchado alguna vez del famoso triángulo de vida, ese espacio en medio de los escombros en el que podemos resguardarnos hasta que el sismo pase.
En la costa peruana estamos acostumbrados a ver los ríos con agua pocos meses al año, luego de lluvias torrenciales “por culpa” de El Niño, ese mismo Niño que hoy nos obliga a revisar la historia y la geografía de nuestro país y nos recuerda que la naturaleza está guiada por ciclos. Que, en lugar de querer dominarla, haríamos mejor en aprender a vivir en armonía con ella con ella, comprenderla… simplemente respetarla.
Hoy estamos en crisis, numerosos distritos han sido declarados en estado de emergencia y las lluvias no acaban. Las cifras son desoladoras (resumen COEN) y en el camino vemos que a la violencia de un fenómeno de origen natural se suman errores humanos que no debieron ocurrir. Nos sentimos conmovidos, indignados e impotentes frente a este escenario. Nos preguntamos, estoy segura, cómo es que del riesgo pasamos al desastre.
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En los años 80 aparece la noción de « sociedad del riesgo », que hace referencia a la manera en que la sociedad moderna se organiza frente situaciones de incertidumbre creadas por ella misma (Beck, Giddens). En los decenios siguientes, los avances tecnológicos crecieron de la mano de las preocupaciones medioambientales, a veces en el mismo sentido (desarrollo de energías « limpias », aparición de movimientos ecologistas) y otras contrapuestos (multiplicación de centrales nucleares, radicalización del militantismo medioambiental). En este escenario, el riesgo como “la posibilidad de incurrir en el mal con la esperanza, si nos escapamos, de obtener un bien” (Condillac) describe a la perfección el caso de las centrales nucleares: todo va bien hasta que las cosas salen mal… y ocurre un desastre como el de Fukushima en 2011, que combina una amenaza de origen natural (sismo y tsunami) con una de origen tecnológico (explosión y radiación).
En este lapso de tiempo la teoría alrededor del riesgo se ha ido perfeccionando: si en un inicio se planteó la ecuación « riesgo = amenaza x vulnerabilidad », bajo una lógica de amenaza activa - vulnerabilidad pasiva (D’Ercole, Metzger); en un contexto que clama la necesidad de reducir el riesgo para evitar los desastres, el factor humano se convierte en la clave para la prevención, mitigación, respuesta y recuperación. Así, la evolución de la relación entre estas tres variables dio paso a una cuarta: la resiliencia, un término médico que designa la capacidad del ser humano de sobreponerse frente a situaciones adversas.
En los años siguientes el marco de Acción de Hyogo (2005-2015) propone una nueva ecuación: « riesgo = amenaza x vulnerabilidad / resiliencia », e insiste en que esta última variable sea integrada en las políticas de estado. El documento que lo sucede, el Marco de acción de Sendai (2015-2025), va más lejos aún y afirma “la necesidad de anticipar, planificar y reducir el riesgo para proteger eficazmente a la población, comunidades y países y así construir resiliencia”, siendo una de las prioridades de acción « la optimización de la prevención de desastres para una respuesta efectiva y eficaz en términos de recuperación, rehabilitación y reconstrucción ».
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Ante lo ocurrido, vale la pena preguntarse cómo la crisis que vivimos hoy puede ser un catalizador del cambio de paradigma frente al riesgo, cómo el contexto físico, político, social e institucional que corresponde a un escenario de crisis puede convertirse en una « ventana de oportunidad » (Kingdon) hacia el desarrollo que permita a la sociedad asumir un rol -cada vez más- activo en este proceso. En otras palabras, cómo pasar de una « sociedad del riesgo » a una « sociedad resiliente ».
El camino hacia este objetivo no es fácil, sin embargo la sociología de la acción pública existen dos enfoques, descendente y ascendente, a la vez opuestos y complementarios, que pueden ayudarnos a identificar e integrar las lecciones de nuestra historia y a inscribir este tema e la agenda política gracias a nuestras acciones. PÁRRAFO COMPLICADO, A REPLANTEAR
Por un lado, el enfoque descendente (top-down) está relacionado a la concepción tradicional de que es el estado quien decide e impone sus decisiones a las administraciones periféricas, para que estas se cumplan en la base. Si bien esta estructura piramidal permite una definición clara -al menos en teoría- de los roles de los actores implicados, la implementación es por lo general bastante racional y poco adaptada a las necesidades reales. Esto se traduce en una cierta rigidez de las instituciones encargadas, que con el apropiado retorno se puede revertir.
Por otro lado, para el enfoque ascendente (bottom-up) la decisión pasa a un segundo plano frente a lo que ocurre en el terreno. Bajo esta dinámica, cada actor desplegado en el lugar es responsable y autónomo en sus decisiones, pues tiene una lectura de primera mano de la situación y sus acciones obedecen a su lógica en el lugar. Es lo que ocurre hoy con los voluntarios desplegados en las zonas afectadas y las cadenas de solidaridad organizadas dentro y fuera del país: cada uno ayuda en donde puede y como puede, a veces sin un norte o una directiva definidos, pero con un objetivo común: que el otro -el familiar, el amigo, el vecino, el ser humano… el ser vivo que tenemos al frente- salga de la situación trágica en la que se encuentra.
Ambos enfoques, aparentemente opuestos, son complementarios y deben darse de manera paralela. En la medida en que las autoridades sean flexibles y reactivas frente a la información que reciben de cada lugar, y que las personas de cada lugar estén abiertas a acoger las orientaciones de aquellos que tienen una visión global del asunto, se va construyendo una sinergia positiva. Cuando ésta dinámica perdura en el tiempo, la cohesión creada en varios niveles se hace sostenible y allí, sólo allí, podemos hablar de resiliencia.






























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